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La filosofía no ha muerto, pero está
gravemente enferma.
Los filósofos y los científicos sociales deberían
cooperar para diseñar sociedades en las que se protejan los
intereses individuales y colectivos
La filosofía no ha muerto, pero está
gravemente enferma, declara en la siguiente entrevista exclusiva
el filósofo y científico Mario Bunge, quien considera
que si se descuida la investigación básica, por darse
prioridad al armamento y a la conquista territorial, la ciencia
decaerá, y con ella la técnica. Añade que los
filósofos debieran cooperar con los científicos sociales
para diseñar sociedades en las que se protejan los intereses
individuales y colectivos.
Mario Bunge se doctoró en ciencias fisicomatemáticas
por la Universidad de La Plata en 1952. Premio Príncipe de
Asturias, tiene 14 títulos de doctor honoris causa y 4 de
profesor honorario. Actualmente es profesor de Filosofía
en la Universidad
McGill de Montreal (Canadá). Tiene publicados más
de cuarenta libros, el último de ellos Crisis y reconstrucción
de la filosofía. Miembro, entre otros 12, del Consejo Editorial
de Tendencias Científicas, Mario Bunge repasa en la siguiente
entrevista exclusiva el estado actual de la filosofía, esboza
los últimos avances de los conocimientos científicos
y recomienda una nueva relación entre la ciencia y la filosofía
que alumbre un nuevo modelo de sociedad.
En su último libro, Crisis y reconstrucción
de la filosofía, usted señala que la filosofía
está enferma, aunque no grave. ¿Cuáles son
los síntomas de esta enfermedad?
Richard Rorty y otros han afirmado que la filosofía está
muerta. Yo creo que sigue viva, aunque gravemente enferma. En efecto,
la mayoría de los filósofos se limitan a comentar
ideas de otros, o a hacer especulaciones estériles: no abordan
problemas nuevos, no se enteran de lo que pasa en las ciencias y
las técnicas, ni se ocupan de los principales problemas que
afronta la humanidad. Por ejemplo, los ontólogos imaginan
mundos posibles pero ignoran el único real; los gnoseólogos
siguen creyendo que las teorías científicas son paquetes
de datos empíricos; los filósofos morales discuten
a fondo el problema del aborto, pero descuidan los problemas mucho
más graves del hambre, la opresión y el fanatismo.
Y los filósofos de la técnica suelen, ya elogiarla,
ya denigrarla, sin ver que hay técnicas malas y otras buenas,
y que incluso las buenas pueden tener resultados perversos, tales
como el desempleo. En mi último libro señalo diez
motivos de la crisis actual de la filosofía: profesionalización
excesiva; confusión entre filosofar e historiar; confusión
de oscuridad con profundidad, al estilo de Husserl y Heidegger;
obsesión por el lenguaje, al estilo de Wittgenstein; idealismo
(por oposición al materialismo y al realismo); atención
exagerada a miniproblemas y juegos académicos; formalismo
insustancial y sustancialidad informe; fragmentarismo y aforismo;
enajenamiento de los motores intelectuales de la civilización
moderna: la ciencia y la técnica; y permanencia en la torre
de marfil.
¿Considera que tiene algún sentido hablar de filosofía
en una sociedad tan condicionada por la así denominada "muerte
del pensamiento" o por el "pensamiento débil"?
Es verdad que el posmodernismo, y en particular el llamado "pensamiento
débil", han hecho estragos en las facultades de humanidades.
Pero, desde luego, no ha afectado a las facultades de ciencias,
ingeniería, medicina, ni derecho. En éstas hay que
pensar correctamente y hay que controlar la imaginación con
datos empíricos. El "pensamiento débil"
sólo incapacita intelectualmente a estudiantes de las facultades
de humanidades.
Tradicionalmente, la filosofía ha intentado dar respuestas
a cuestiones trascendentales para la condición humana, a
través de diferentes escuelas de pensamiento. ¿Podemos
decir que ya sabemos quiénes somos, de dónde venimos
y a dónde vamos?
La filosofía no se ocupa de averiguar quiénes somos,
de donde venimos ni adónde vamos. La biología, la
sicología y las ciencias sociales se ocupan de estos problemas.
Por ejemplo, la biología evolutiva ha averiguado que los
humanos y los monos antropoides tenemos precursores comunes; la
antropología, la sicología y la sociología
muestran que somos animales emocionales, intelectuales, trabajadores
y sociables; y la historia y la politología sugieren que
la humanidad no se dirige a ningún punto fijado de antemano,
sino que, como dijo el gran poeta Antonio Machado, hace camino al
andar.
La ciencia ha hecho frecuentes incursiones en el campo de la
filosofía, particularmente a lo largo del siglo XX. ¿Considera
que estas aportaciones han contribuido a regenerar la filosofía,
o más bien a confundirla?
Es verdad que la ciencia ha resuelto muchos de los problemas que
fueron planteados originariamente por filósofos. Por ejemplo,
los físicos y químicos han contestado la pregunta
por la naturaleza de la materia, el espacio y el tiempo; los biólogos
nos dicen qué es la vida; y los neuropsicólogos han
develado el misterio del alma. Estas respuestas han dejado sin ocupación
a los filósofos especulativos, pero han alentado a otros
a reforzar los vínculos de la filosofía con la ciencia.
Por ejemplo, el filósofo de la mente puede, ya ignorar la
neuropsicología, ya usarla para formular nuevas preguntas,
tales como qué son la creatividad y la conciencia, y cómo
emergen la razón y la sensibilidad moral.
La física teórica está hoy dividida en dos
escuelas básicas de pensamiento, la materialista y la idealista.
¿Considera que esta división es afín con la
filosofía actual o que es completamente ajena a ella?
No creo que la física se divida en materialista e idealista.
Lo que sí ocurre es que hay interpretaciones idealistas (o
subjetivistas) de algunas teorías físicas, en particular
la teoría cuántica. Pero de hecho, mientras hacen
sus investigaciones, los físicos obran como materialistas.
Es decir, saben que las cosas microfísicas existen de por
sí, en lugar de ser objetos mentales. Adoptan ideas idealistas
cuando hacen divulgación científica. Además,
es posible refutar la tesis de que la existencia de los fotones,
electrones, átomos, etc., depende del observador. Creo haberla
refutado en mi libro Foundations of Physics (Springer,
1967), al axiomatizar las principales teorías físicas.
De esta manera se exhiben explícitamente los referentes de
las mismas. Resulta que ellas se refieren exclusivamente a cosas
físicas. Por ejemplo, el operador de la energía y
la función de estado no contiene variables que describan
propiedades del observador.
En algunos círculos de pensamiento se afirma, a tenor
de los conocimientos adquiridos sobre las facultades superiores,
que nuestro organismo no está capacitado para llegar al fondo
de la verdad que persigue la filosofía. ¿Considera
al respecto que somos una especie condenada a no alcanzar nunca
los últimos secretos del universo?
¿Cómo se puede saber que nunca podremos saber algo?
Quien afirma que siempre se ignorará X erige una barrera
arbitraria al avance del conocimiento, y por lo tanto es un oscurantista.
A fines del siglo XIX Herbert Spencer, Emile Du Bois-Reymond y otros
afirmaron que jamás se sabría lo que es el espíritu.
Hoy sabemos una pila de cosas sobre el espíritu. Por lo pronto,
sabemos que todos los procesos mentales son procesos cerebrales,
gracias a lo cual se los puede modificar alterando su composición
química y, en casos extremos, extirpando partes del cerebro
o del sistema endocrino. Lo único que podemos afirmar es
que, mientras quede gente curiosa, seguirán emergiendo problemas
nuevos, cuya investigación arrojará nuevos resultados.
Pero también podemos prever que, si se descuida la investigación
básica, por darse prioridad al armamento y a la conquista
territorial, la ciencia decaerá, y con ella la técnica.
El que vayamos para adelante o para atrás depende exclusivamente
de la ciudadanía en el caso de las democracias políticas,
y de los mandalluvias en las demás.
En su último libro usted señala que uno de los
pilares necesarios para recomponer la filosofía es la ciencia
y la tecnología. Ambos nos prometen cambios tan profundos
que, de conseguirse, nos obligarán a cambiar muchos patrones
de pensamiento. ¿Piensa que la filosofía actual está
preparada para acometer estos previsibles cambios y proporcionar
un marco teórico a los nuevos escenarios que se avecinan?
Algunos filósofos están preparados para hacer frente
a grandes novedades de la cultura, y otros no. Los primeros intentan
mantenerse al día con algunas disciplinas, mientras que los
segundos prefieren refugiarse en el pasado. Siempre ha ocurrido
así, y es presumible que así seguirá ocurriendo.
Lo que importa es la calidad de los innovadores y las oportunidades
que tengan para investigar libremente. En la Revolución Científica
(y Filosófica) del siglo XVII participaron solamente unas
200 personas, entre ellas Galileo, Descartes, Kepler, Harvey, Gilbert,
Boyle, y sus discípulos. Los filósofos puros que vinieron
después, en particular Berkeley, Hume y Kant, fueron contrarrevolucionarios,
puesto que volvieron a poner al sujeto cognoscente en el centro.
Es triste constatar que, salvo excepciones (como Aristóteles
y Descartes), los filósofos han ido contra el progreso.
Nuestra sociedad padece una profunda crisis de valores que aparenta
ser el reflejo de la crisis de la filosofía. ¿Qué
tendría que decir la filosofía actual sobre los valores
que hoy predominan en la sociedad y por cuáles debería
apostar para preservar la integridad de la especie y asegurar su
progreso humano?
La filosofía, en particular la axiología, puede decir
mucho acerca de los valores. Por ejemplo, que no existen de por
sí, sino que son inventados y destruidos por los seres vivos;
que los hay individuales, como el bienestar y la verdad, y sociales,
como la justicia y la paz; que todos los valores son analizables
a la luz de la razón y de la experiencia; etc. También
los psicólogos sociales, antropólogos y sociólogos
pueden decimos mucho acerca de los valores. Por ejemplo, se sabe
que la gente se vuelve egoísta cuando se la oprime, porque
el instinto de preservación prevalece sobre todo lo demás.
También se sabe que la obsesión por el dinero tiene
el mismo efecto socialmente disolvente. Y se sabe que los valores
varían con las sociedades. Por ejemplo, la lealtad, la honestidad
y la integridad familiar se aprecian más en las sociedades
tradicionales que en las modernas. En cuanto a la preservación
de la especie y el progreso, dependen del tipo de sociedad que elijamos.
En este punto, los filósofos debieran de cooperar con los
científicos sociales, para diseñar sociedades en las
que se protejan los intereses individuales sin merma de los colectivos.
En mi libro Las ciencias sociales en discusión (Sudamericana,
1999) propongo lo que llamo tecno-holo-democracia, o sea, democracia
integral (política, económica y cultural) guiada por
la técnica. Creo que ésta es una alternativa viable,
tanto al capitalismo como a la tiranía estatista que se hizo
pasar por socialismo. Mientras tanto, habrá que apuntalar
al Estado del bienestar, que los conservadores están intentando
desarmar, precisamente por ser el orden social menos imperfecto
realizado hasta ahora.
Sábado 26 Abril 2003
© Eduardo Martínez
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